Crónica de ciudad

CHIMALISTAC: MEMORIAS SILENCIOSAS

Monumento a Álvaro  Obregón
Monumento a Álvaro Obregón

CHIMALISTAC: MEMORIAS SILENCIOSAS 

Por: Ethan Calva

Chimalistac es un umbral del pasado, un rincón del siglo XX enclavado en el sur de la vibrante y cambiante Ciudad de México. No hay letreros grandiosos que indiquen el nombre del lugar ni señalizaciones por parte de algún folleto turístico de los cercanos barrios de Coyoacán y San Ángel. Parte de su encanto radica en el silencio y la calma duradera, en el placer de saberse escondida.

Puede que muchos ciudadanos hayan pasado decenas de veces por ahí sin percatarse de lo que aguarda en sus intrincados callejones. Se encuentra entre las concurridas avenidas Insurgentes Sur y Universidad. Del lado de esta última está una de las mayores zonas de librerías de la ciudad. El lector habitual puede darse el gusto de comprar alguno nuevo o de degustar uno que ya haya sido devorado por alguien más.

Las librerías de viejo se mantienen discretas, sólo con sus nombres y sus letreros de compraventa. Se mantienen con escasas voces y la oscuridad habitual que produce tantos estantes repletos, como si estos se tragaran la luz. Los vendedores responden cortantes a las preguntas del cliente. Conservan un orden perfecto en sus productos y son celosos por amor. Su aparente frialdad contrasta con la pasión minuciosa e inconfesable de su trabajo.

¿Qué habrá más allá de comprar un buen libro y, si acaso, un café? El peatón curioso se lo interrogaría mientras se dirige, del lado izquierdo, a Insurgentes esquivando transeúntes y vendedores ambulantes de artesanías hippies o imitaciones de figuras prehispánicas. Ahí se fusionan los aromas de la comida de fonda y de los autos que pasan veloces por la avenida Miguel Ángel de Quevedo.

Tan sólo pasando la avenida Chimalistac comienza un sitio que había caído en el olvido y que hoy se encuentra en plena flamante remodelación: El Parque de la Bombilla. Muchos recordarán que fue en este sitio donde Álvaro Obregón-el presidente más honesto, pues "sólo tenía una mano para robar"- fue asesinado en 1928, en pleno festejo por su reelección en el restaurante homónimo. El general sonorense se dejó llevar por la vanidad de ser dibujado por José de León Toral, quien le disparó sin mayor problema.

Del restaurante no quedó nada y en su lugar se edificó un prominente monumento al último caudillo revolucionario de 1935, al más puro estilo nacionalista con alegorías al sacrificio y al triunfo con motivos de la lucha campesina. El "Manco de Celaya" es puesto a la altura del mismísimo Simón Bolívar y de José María Morelos. En algún tiempo, su extremidad perdida fue exhibida en un frasco de formol para sorpresa de los visitantes.

Los jardines fueron recuperados por iniciativa del gobierno local, luego de pasar años en total descuido. Los proyectos de restaurar las fuentes parecen haberse quedado estancados, tanto como el agua que se mantiene estática en la que fuera la fuente principal. La consistencia verdosa no imposibilita ver el reflejo de los edificios y árboles próximos, ni siquiera cuando una lluvia espontánea con plena luz del Sol amenaza con ahuyentar a los visitantes.

Casi nadie se queda a reposar en el lugar. Sólo algunos padres están sentados en las bancas observando a sus hijos correr libremente sobre la gran explanada del monumento. Algunas parejas se internan momentáneamente entre los andadores bordeados tanto por árboles delgados y de ramas caprichosas como por jacarandas.

¿Aguarda algo más entre los callejones de las grandes mansiones de Chimalistac? Es cuestión de caminar unos pasos más, de ir a donde termina el asfalto y comienza lo empedrado. Ahí comienza el resquicio oculto del fraccionamiento de dos siglos de antigüedad, el misterio de gruesos muros que parecen contar historias por sí solos.

Con gran dificultad pasan las grandes camionetas por ahí: las calles fueron trazadas para jinetes y carretas. Algunos vigilan con desgano las grandes residencias silenciosas. Las voces parecen amplificarse entre las paredes de roca volcánica. La luz entra caprichosa entre las ramas de grandes árboles. El peatón se encuentra en instantes sumido en algo que no se parece a la ciudad.

A unos cuantos pasos se encuentra la Iglesia de San Sebastián Mártir, como si fuese el epicentro de ese barrio congelado en el tiempo. Los símbolos coloniales se mantienen intactos. La estructura recuerda a la Capilla de la Concepción, en el centro de Coyoacán. El pequeño atrio y los jardines contiguos son resguardados por algunos vigilantes. Dentro del recinto, el sacerdote hace los preparativos para la misa del Jueves Santo con discreción.

El callejón de San Sebastián desemboca en el de San Ángelo, donde parece terminar la esencia vieja imperturbable de Chimalistac. Ahí el silencio termina, vuelve el ruido de los autos. Termina la frescura de los grandes árboles, regresa el smog. Por si el viaje no ha sido suficiente, aún queda una última parada enfrente: el Parque Tagle.

Este lugar, concurrido por solitarios, lectores, enamorados, algunas familias, vecinos del lugar y numerosas ardillas, permanece ajeno al ruido de la avenida. Sus caminos se encuentran obstruidos por los delgados árboles que derribó la tormenta invernal de hace dos semanas, pero no es imposible pasar. En consecuencia, otros tantos fueron talados.

Todos los caminos confluyen en diagonal. Los árboles que quedan, con un amplio follaje, cubren los caminos y dejan pasar poca luz. Aquí el bullicio de las conversaciones parece perderse entre los arbustos. Es el lugar ideal para leer el libro recién comprado o para reflexionar acerca de los enigmas de la vida. Aquí las ardillas hacen su vida, no piden comida.

Chimalistac contrasta con las cercanas inmediaciones de la estación de metro Miguel Ángel de Quevedo y el tristemente célebre Oasis Coyoacán. Allá reina el tráfico constante, los microbuses que van a la Magdalena Contreras y los numerosos puestos de comida. Difícilmente podría existir un contraste más intenso en la megalópolis mexicana entre bullicio urbano y silencio nostálgico.

No por nada este sitio inspiró a Federico Gamboa para ambientar su novela Santa, la que fuera adaptada como la primera película sonora mexicana. El "lugar del escudo blanco" (significado del vocablo Chimalistac) aguarda al visitante curioso para transportarlo en un recorrido fugaz a un pasado silencioso y misterioso. Ahí las leyendas e historias aguardan a ser contadas o reinventadas. 

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